Prisioneros en Azkaban: Opinión de Paul Krugman

Fuente: Paul Krugman y elpais.com

A continuación reproduzco la opinión de uno de los economistas que más sigo. Tengo varios de sus libros y francamente es muy interesante seguirle por la contundencia que ofrece sobre los diferentes temas que nos afectan. En esta ocasión habla claramente sobre España y la situación de cauteverio al que está sometida por la mordaza del euro.

    Ahora mismo, lo mejor de los irlandeses es que son pocos. Por sí misma, Irlanda no puede hacer mucho daño a las perspectivas de Europa. Lo mismo puede decirse de Grecia y de Portugal, que es ampliamente considerado como la posible siguiente ficha de dominó. Pero luego está España. Los otros son las tapas, España es el plato principal.

    Lo sorprendente de España, desde una perspectiva estadounidense, es cuánto su historia económica nos recuerda a la nuestra. Como Estados Unidos, España experimentó una gran burbuja inmobiliaria, acompañada de un enorme aumento en la deuda del sector privado. Como Estados Unidos, España cayó en recesión cuando la burbuja estalló, y ha experimentado un aumento del desempleo. Y como Estados Unidos, España ha visto su déficit presupuestario inflarse gracias al desplome de los ingresos y los gastos relacionados con la recesión.

    Pero a diferencia de EE UU, España está al borde de una crisis de la deuda. El Gobierno de EE UU no está teniendo problemas para financiar su déficit, con tipos de interés sobre la deuda federal a largo plazo de menos del 3%. España, por el contrario, ha visto dispararse el coste de sus préstamos las últimas semanas, debido a los crecientes temores de un impago futuro.

    ¿Por qué tiene España tantos problemas? En una palabra, es el euro. España fue uno de los adoptantes del euro más entusiastas allá en 1999, cuando la moneda fue introducida. Y por un tiempo las cosas parecían ir viento en popa: los fondos europeos llegaron a España, potenciando el gasto del sector privado, y la economía española experimentó un rápido crecimiento.

    A lo largo de los años buenos, por cierto, el Gobierno español aparecía como un modelo tanto de la responsabilidad fiscal como de la financiera: a diferencia de Grecia, logró superávits presupuestarios; y a diferencia de Irlanda, se esforzó (aunque con sólo un éxito parcial) en regular sus bancos. A finales de 2007 la deuda pública de España, como porcentaje de la economía, era aproximadamente la mitad que la de Alemania, e incluso ahora los bancos españoles no están ni de lejos en el mal estado de los irlandeses.

    Pero los problemas se estaban desarrollando bajo la superficie. Durante el auge, los precios y los salarios crecieron más rápidamente en España que en el resto de Europa, ayudando a alimentar a un gran déficit comercial. Y cuando estalló la burbuja, la industria española se quedó con los gastos que la hicieron poco competitiva frente a otras naciones.

    ¿Y ahora qué? Si España todavía tuviera su propia moneda, como los Estados Unidos (o como Gran Bretaña, que comparte algunas de las mismas características) podría haber dejado caer que la moneda, por lo que su industria sería competitiva de nuevo. Pero con España en el euro, esa opción no está disponible. En su lugar, España debe lograr la «devaluación interna»: tiene que recortar los salarios y los precios hasta que sus costes estén otra vez en línea con los de sus vecinos.

    Y la devaluación interna es un asunto feo. Por un lado, es lento: normalmente hacen falta años de alto desempleo para empujar los salarios hacia abajo. Más allá de eso, la caída de los salarios significa caída de los ingresos, mientras que la deuda sigue siendo la misma. Así, la devaluación interna empeora los problemas de endeudamiento del sector privado.

    Lo que significa todo esto para España son perspectivas económicas muy pobres para los próximos años. La recuperación de Estados Unidos ha sido decepcionante, especialmente en términos de empleo, pero al menos hemos visto un cierto crecimiento, con el PIB real recuperando más o menos su punto más alto antes de la crisis, y podemos esperar razonablemente crecimiento futuro para ayudar a poner nuestro déficit bajo control. España, por el contrario, no se ha recuperado en absoluto. Y la falta de recuperación se traduce en temores sobre el futuro fiscal de España.

    ¿Debe España tratar de salir de esta trampa dejando el euro y restableciendo su propia moneda? ¿Lo hará? La respuesta a ambas preguntas es: probablemente no. España estaría mejor ahora si nunca hubiera adoptado el euro, pero tratar de dejarlo crearía una enorme crisis bancaria, ya que los depositantes se apresurarían a trasladar su dinero a otra parte. A menos que haya una crisis bancaria catastrófica de todos modos (lo cual parece verosímil para Grecia y cada vez más posible en Irlanda, pero poco probable -aunque no imposible- para España) es difícil ver a cualquier Gobierno español tomar el riesgo de salirse del euro.

    Así que España es en realidad una prisionera del euro, que le deja sin ninguna opción buena. La buena noticia para Estados Unidos es que no estamos en esa clase de trampa: todavía tenemos nuestra propia moneda, con toda la flexibilidad que ello implica. Por cierto, también Gran Bretaña, cuyo déficit y la deuda son comparables a los de España, pero que los inversores no ven como un riesgo de impago.

    La mala noticia para Estados Unidos es que una facción política de gran alcance está tratando de poner grilletes a la Reserva Federal, eliminando en la práctica la gran ventaja que tenemos sobre los sufridos españoles. Los ataques republicanos a la Fed -que exigen que deje de intentar promover la recuperación económica y se centre en mantener la fortaleza del dólar y en la lucha contra los riesgos imaginarios de la inflación – son algo así como pedir que voluntariamente nos encerremos en la prisión española. Esperemos que la Fed no escuche. Las cosas en Estados Unidos están mal, pero podrían estar mucho peor. Y si la facción dura monetarista se sale con la suya, lo estarán.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times News Service. Traducción de News Clips.

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